Aquí cercamuy cercaOcurría que la mafia del tano “foto mal sacada” y el árabe “carita de ángel” afilaba los papeles sobre la mesa. Carlitos, detrás del biombo, sonreía y estaba a punto de vomitar. El marco empresarial se completaba con el negro “Arnold” bailando al compás de la música disco en el cuarto de atrás. Bah, ensayando, era bailarín cuando le quedaba tiempo entre culetazo, culetazo y culetazo.
Hoy había de menú milanesas marineras con papas al horno y la Madrina cocinaba con sus recetas de papel amarillo sobre la mesada. Era evidente. El humo escapaba de la cocina e invadía las narices del pibito que seguía a punto de vomitar. Hoy le tocaba a él la tarea sagrada de investigar las neuronas ajenas con balas. Sólo como un inocente pajarito rebelde como él podría hacerlo, a cuchillazos malcriados.
Despacito, Carlitos salió de la sala principal mirando para abajo, animándose a ojear unos segundos el velcro de las zapatillas de "Clítoris" el griego. Corrió con ternura la cortina de almacén buscando el aire y una vez afuera se acercó al olímpico campo de tenis. Pudo ver cómo jugaban los hijos del Árabe y el Italiano sobre el cemento viejo (todavía sentía arcadas). Se subió a la silla de umpire con autoridad y los vigiló desde allí.
Entre pelotazos en la red y pelotazo a los yuyos comenzó a extrañar a su madre y a sus hermanitos que vivían en Jujuy (apostaría que se le piantó un lagrimón). Hacía varios días que venía pensando en la idea de abandonar la Sociedad y volverse pronto. Enseguida. Además, el juego había terminado hace rato y estaba solo allí, cantando los perros, ladrando los pájaros (parecía el mismo jardín del Diablo). Aquél lugar, como un recoveco de la eternidad, acogía a Carlitos en silencio y lo perturbaba milímetro a milímetro.
A todo esto, “Carita de ángel” se había instalado en los computadores de arriba. Algo andaba mal, las cuentas no cerraban y él era muy prolijo.
Su compañero de porfías, el tanito dulce y protestón, era antes aceitador de escaleras mecánicas en un shoping del Abasto (era de los más feos). Ahora se miraba sus dedos largos de los pies y se cerraba la bata de baño.
“No me mojes el piso chabón... Además, acá falta guita”. Un pequeño guiño para una relación de hacía muchos años: los socios se tenían el cariño de los hermanos y el respeto de los grandes enemigos.
Pero las cosas funcionaban de otra manera en otras cabezas: Carlitos el de Jujuy estaba tomando cocaína en el baño de servicio. Él era el más valiente de todos, él servía justo para este trabajo. Y poco a poco se le empezaba a formar la sonrisa breve de los novatos criminales.
Sus pies comenzaron a andar solos, dirigidos por las hormonas de la droga (merca combustible). Los pasos pisaban pesado el asfalto de la calle más fría del Invierno. Guantes cortados a cuchilla con podredumbre en las yemas avanzaban sosteniendo el crimen. Entró en el callejón conocido, el de mucho musgo en las paredes.
De pronto, unas ganas extrañas de sentarse lo invadieron repentinamente, a la par de la noche y las arcadas. Comenzó a revolotearle en el estómago una mosca con olor a trampa. Su cerebro disparó mil brillantinas de recuerdos a colores, fuegos de artificio que se desvanecían en las caras de sus queridos. Estaba perdido. ¿Cuánto tiempo más iba a soportar los ojos abiertos?
Se acurrucó para no ver nada. Y así se ocultaba, ya no podrían verlo a él. Estaba a salvo en el silencio doble de la noche (el silencio de los ciegos).