domingo, marzo 04, 2012

Dinastía (o si ese perro sigue allí)

Un rato antes de ser reina la teníamos despatarrada, expuesta y desconocida sobre la cama. Protegida como una guerrera, con las cejas guardianes de toda erupción amorosa y sus labios de provincia postergados. Todavía no había curado los errores de mundo de hoy -no había barrido el malhumor de este pobre perro-.

Pero en un instante, al fin, decide bajar sus filas de mujer y convertirse en soberana. Se ilumina en destellos sin tiempo, adonde uno quisiera dormirse una siesta como un polisón. Sólo entonces –allí perdida, allí en mi eternidad- entreabre las maravillas del mundo y se la puede observar desnuda entre los misterios. Si acaso se le pianta un brillo, si acaso nace mi día de suerte en su cara de ángel.

Los ojos (el engaño) son los encargados de proteger el hogar que se esconde tras los asuntos de una heroína. Un eclipse de luna que apenas da permiso cuando se le antoja, cuando una fuerza de anciana le dicta a la pequeña Carolina que enseñe su vida, que el camino está allanado y no existe el peligro. Le dice al oído que quien está a su lado es un amor de forma torpe que no podría más que abrazarla inocentemente. Entonces se ríe a carcajada limpia, con el alma entera y el mate en la otra, y los ojos abandonan su estúpida función.

Ahora soy un perro. Y he llegado, frente a su mirada brillantina y sin decir un sólo ladrido, a la fascinación de saber que los ojos son apenas la puerta de servicio de las amas.

lunes, mayo 05, 2008

Father & Son

Nadie debería estar paseando por mi calle a estas horas. Tampoco debería yo estar soñando a este grado de conciencia y con el velador encendido. (¿alguna vez sintieron el verdadero miedo? ¿ése de las pulsaciones heladas que tiñen los músculos de blanco inmóvil?). Así respiro ahora, tan rígido que un acorde de violín acaba de partirme en dos.
¿Tendré tiempo para rendirte cuentas, enemigo vecino? ¿O vas a aniquilarme en el acto, ni bien se abra esa puerta vecina? Necesito espacio para aclarar mis emociones; tengo derecho, al menos, a consentirte y sentir que jamás dejé de ser el poderoso. Incluso podríamos entablar amistad, y burlarnos juntos de lo cruel y merecida que viajó la cuchilla entre mis pelitos abdominales. Pero yo no sirvo para esto, siempre pierdo cuando intento ser honesto.
Es increíble que la idiotez nos acompañe hasta el último segundo. Mientras pienso gritos espantosos, impulsivos, y teatrales, los pasos como redoblantes se acercan acarreando mis últimos sonidos. Al menos estoy seguro de cómo voy a reaccionar -¡voy a morir sobre el escenario como un artista!-.
Pareciera ser que el monstruito se jacta de mi temor. Lo goza y lo saborea, untándolo con jaleas de fruta que roba impúdicamente de mi heladera (aunque parezca mentira, en aquel entonces mis únicas preocupaciones tenían el nombre de los aderezos que injustamente tendría yo que reponer). No soy algo muy distinto a un tonto, y este secreto descansará conmigo bajo tumba.
Lo más gracioso de todo, insisto, fue cuando pensé que todo estaba predestinado como en la vida de las grandes estrellas -hoy lo digo ruborizado-. La demora del crimen me regalaba su tiempo para inmortalizarme en emociones crudas y casi creíbles, que luego serían gratuitamente vendidas a mi vanidad. Y, como en toda historia heroica, mental y absolutamente carente de calle, el peligro se desvanecería por razones que yo ignoraría por completo.
El plan iba desarrollándose a la perfección, cuando mis emociones finalmente se acomodaron: estaba completamente cagado. Y eso siempre congenia astutamente con la compasión femenina y el abrazo de la crítica de arte ¡Un romántico hasta en el simulacro de su muerte!
De todos modos, estoy disconforme con algunos detalles. El muy prolijo debió darme unos segundos más para los proyectiles. Mis ideas al fin habían encontrado el remanso y por primera vez tuvieron sentimientos (nadaban todos juntos en forma de círculo), entonces, venir a aniquilarme en el auge de la fórmula… eso sí que es ser un cretino, un envidioso tan asesino e impuntual!
La puerta se abrió sin disimular ni presumir. Y yo, como todo aquél que conoce el final de la historia, esperaba recostado, imperturbable y narcisista (los expertos aseguran que allí se registró el mayor índice de rating teatral). Pero los peores golpes nos encuentran siempre en la cima: jamás esperé encontrar allí a mi pequeño hijito, justo detrás de esa puerta de decorado. El muy intrépido intervino insolente en el momento más importante de mi carrera. ¿Justo hoy se le ocurre venir a dormir con papá? Sin embargo, sus ojos cachorros me pidieron que mirara hacia el costado -alguna vez había que hacerlo- y me apiadara de su temor, su estúpido temor a los monstruos. A regañadientes, le hice un lugar en la cama a la intrusa criatura.
No puedo negar que, así las cosas, me sentí cómodo a su lado ¡Sí! Con sus nalgas de felpudo junto a mi vientre cucharita. Le acaricié los ojos, se los hipnoticé desde la nuca hasta extinguirles el fuego. Estaba irresistible el divino maricón. Pero su belleza y la tentación duraron poco, iban desapareciendo a medida que yo me convertía en un monstruo. En diez segundos mi ambición lo venció. Suavemente, le envolví el cuello con mi brazo para incorporarlo a la escena. La luz hizo foco en mis ojos de gata cuando lo atravesé con un marcador Faber Castell. La tinta roja salpicó la decoración, al tiempo que mi cicatriz crecía y sus dientes de pequinés goteaban lágrimas de cocodrilo.
Esa fue la última imagen que tuve de él, antes de bajarle el telón de las pestañas y condenarlo al insomnio eterno.

Desde los ojos

En la fría claridad del atardecer comencé a seguir el viento que golpeaba en tu espalda. Las piedras del asfalto quemaban mi sien y los pasos ardían a prisa. En un instante parecía primavera, cuando podía jugar a que era cierto porque todavía no te dabas vuelta para esfumarlo todo. Eras bella y además eras mía cuando vos quisieras, mientras seguías con tu paso acelerado esquivando coches con los ojos del infierno. El mundo podía reducirse a eso. Mis ojos en tu espalda en tu pelo en el viento sobre tus pies enhebrando. Pasaron miles de semáforos y todavía más calles, te metiste entre infinitos edificios y desapareciste por una escalera. Yo me volví solo, bebiendo de tu resaca y con los ojos más grandes del mundo.

domingo, octubre 01, 2006

El hombre transparente

El hombre transparente camina tomando agua. Alza los ojos cristalinos y mira el cielo. La lluvia no moja al hombre transparente que abre la boca y bebe el agua que pasa por su agujero hasta caer al mar. El hombre transparente piensa. El vacío del mundo en el vacío de la cabeza del hombre transparente. Hay muchos hombres transparentes y mucha agua. Todos beben y agradecen al cielo por la lluvia que cae hacia el mar. Los hombres transparentes se miran con sus ojos de cristal, ríen y agradecen por la risa de los hombres. Hay un hombre transparente que es invisible. Nadie lo ve, pero él también ríe y está prendido fuego.

O homem transparente

O homem transparente caminha tomando água. Eleva seus olhos cristalinos e olha para o céu. A chuva não molha ao homem transparente que abre sua boca e bebe a água que passa por seu buraco até cair ao mar. O homem transparente pensa. O vazio do mundo no vazio da cabeça do homem transparente. Há muitos homens transparentes e muita água. Todos bebem e agradecem ao céu pela chuva que cai ao mar. Os homens transparentes olham para si mesmos com seus olhos de cristal, riem e agradecem pelo riso dos homens. Há um homem transparente que é invisível. Ninguém o vê, mas ele também ri e está pegando fogo.

Traducido por el ojo sensible-sexto sentido de Virginia Arienti

jueves, septiembre 21, 2006

Menage a trois

Carlos Rubén Peretti, licencia nº 3.532, manejaba su taxi por Av. Libertador al 800 (Olivos). Manejaba con la ventana abierta para no dormirse, para no matarse a las 3 de la mañana de un domingo. La nuez le temblaba de frío. En un momento la radio quiso decir algo que Rubén no llegó a escuchar por el viento que le golpeaba el ojo. Algún dato verdaderamente intrascendente para alguien que maneja con el diablo entre las manos y que enciende el último de los cigarros arrugados.

María Eugenia Velarde siempre soñó con tener un novio. No cree en el amor a primera vista. La noche del sábado es siempre un sueño perdido en la nebulosa de sus sueños (una vez la invitaron a tomar un helado y se sonrojó porque el dulce de leche le chorreó por entre los dedos y ya nunca más rió). Pero esta noche había decidido vengar sus sueños.

Iván Arredondo se pone desodorante a toneladas (si es verano, es un antitranspirante). El suéter le entra toscamente por el codo y su celular tropieza tres veces por la cómoda antes de dejarse atrapar. El espejo fue testigo de cómo el último rulo se acomodó con gel de manera forzosa. En su cabeza rondaban varias ideas, pero sólo una permanecía incendiada entre rejas.

Las fiestas no siempre son lo que uno espera de ellas. A veces son una maraña de latas tibias apiñadas, caras frías que se congelan en movimiento, rodillas torpes que amenazan con quebrarse de un baile a otro. Y ni hablar del piso. Juntaría todos los deshechos líquidos que esparcen los zapatos de un lengüetazo, y conseguiría algo más elegante para mi paladar que el trago azul fosforescente que me quiere vender este marciano.
Iván y María Eugenia se conocieron esa noche. Se comieron a besos enseguida, en un sillón simple. Oscuro y pegajoso. Estuvieron un rato largo hamacándose como dos elefantes sobre la tela de una araña, pero como veían que no resistían decidieron salir de esa fiesta de monos e ir al departamento de Iván.
La noche brillaba como un sol. La avenida Libertador era un desierto de frío duro y quejumbroso. Ideal para los abrazos nuevos, para besos extraños de madres postizas. Los dedos se terminaron de entrelazar y reconocer en el momento en que la mano de Iván paró un taxi.
¡Cómo se abrazaban en el asiento de cuerina! A Olivos. ¡Qué manera de besarse! Pero pará, está el taxista, por el espejo, frená, ahí nomás. ¡Cómo mentía María Eugenia! ¡Cómo le gustaba! Sabía que se estaba enamorando de todo el sexo opuesto, sabía que no podía evitar avalanzarse, envolverlo, cerrarlo, llevárselo, traerlo, llevarlo, traerlo. Él se puso abajo, en el subsuelo del purgatorio. Con la boca de las piernas en los ojos del cielo. El jugo marino lo embebía en un primer plano, mientras ella jugaba con el castillo de arena. Lo mostraba y lo ocultaba insistentemente. Hasta que se acomodaron en posición matrimonial y se quisieron completamente limpios. Hasta que un poste de luz atravesó a toda velocidad el vidrio e impactó en el cuello de Iván Arredondo. Se produjo una quietud infernal.
La sangre goteaba por la sonrisa embalsamada de las estatuas, convergía en las grietas del sudor y las lágrimas, y al unirse con el semen muerto formaron una sola gota. El taxista sobrevivió.

Contratapa del diario

Aquí cerca
muy cerca

Ocurría que la mafia del tano “foto mal sacada” y el árabe “carita de ángel” afilaba los papeles sobre la mesa. Carlitos, detrás del biombo, sonreía y estaba a punto de vomitar. El marco empresarial se completaba con el negro “Arnold” bailando al compás de la música disco en el cuarto de atrás. Bah, ensayando, era bailarín cuando le quedaba tiempo entre culetazo, culetazo y culetazo.
Hoy había de menú milanesas marineras con papas al horno y la Madrina cocinaba con sus recetas de papel amarillo sobre la mesada. Era evidente. El humo escapaba de la cocina e invadía las narices del pibito que seguía a punto de vomitar. Hoy le tocaba a él la tarea sagrada de investigar las neuronas ajenas con balas. Sólo como un inocente pajarito rebelde como él podría hacerlo, a cuchillazos malcriados.
Despacito, Carlitos salió de la sala principal mirando para abajo, animándose a ojear unos segundos el velcro de las zapatillas de "Clítoris" el griego. Corrió con ternura la cortina de almacén buscando el aire y una vez afuera se acercó al olímpico campo de tenis. Pudo ver cómo jugaban los hijos del Árabe y el Italiano sobre el cemento viejo (todavía sentía arcadas). Se subió a la silla de umpire con autoridad y los vigiló desde allí.
Entre pelotazos en la red y pelotazo a los yuyos comenzó a extrañar a su madre y a sus hermanitos que vivían en Jujuy (apostaría que se le piantó un lagrimón). Hacía varios días que venía pensando en la idea de abandonar la Sociedad y volverse pronto. Enseguida. Además, el juego había terminado hace rato y estaba solo allí, cantando los perros, ladrando los pájaros (parecía el mismo jardín del Diablo). Aquél lugar, como un recoveco de la eternidad, acogía a Carlitos en silencio y lo perturbaba milímetro a milímetro.
A todo esto, “Carita de ángel” se había instalado en los computadores de arriba. Algo andaba mal, las cuentas no cerraban y él era muy prolijo.
Su compañero de porfías, el tanito dulce y protestón, era antes aceitador de escaleras mecánicas en un shoping del Abasto (era de los más feos). Ahora se miraba sus dedos largos de los pies y se cerraba la bata de baño.
“No me mojes el piso chabón... Además, acá falta guita”. Un pequeño guiño para una relación de hacía muchos años: los socios se tenían el cariño de los hermanos y el respeto de los grandes enemigos.

Pero las cosas funcionaban de otra manera en otras cabezas: Carlitos el de Jujuy estaba tomando cocaína en el baño de servicio. Él era el más valiente de todos, él servía justo para este trabajo. Y poco a poco se le empezaba a formar la sonrisa breve de los novatos criminales.
Sus pies comenzaron a andar solos, dirigidos por las hormonas de la droga (merca combustible). Los pasos pisaban pesado el asfalto de la calle más fría del Invierno. Guantes cortados a cuchilla con podredumbre en las yemas avanzaban sosteniendo el crimen. Entró en el callejón conocido, el de mucho musgo en las paredes.
De pronto, unas ganas extrañas de sentarse lo invadieron repentinamente, a la par de la noche y las arcadas. Comenzó a revolotearle en el estómago una mosca con olor a trampa. Su cerebro disparó mil brillantinas de recuerdos a colores, fuegos de artificio que se desvanecían en las caras de sus queridos. Estaba perdido. ¿Cuánto tiempo más iba a soportar los ojos abiertos?
Se acurrucó para no ver nada. Y así se ocultaba, ya no podrían verlo a él. Estaba a salvo en el silencio doble de la noche (el silencio de los ciegos).

Backstage

Se levantó de la cama de un salto agitado. El ambiente era el mismo, las paredes la cuidaban, la ventana le hacia respirar, el espejo la mataba. Era su fiesta de quince y entonces se probó el vestido. El vestido más hermoso del mundo y enseguida el trapo de tela más horrible sobre su cuerpo. Un cuerpo armonioso y pretendido que se miraba a si mismo, una buena cintura y unos pechos firmes, unos ojos negros que miran y se miran y desenfocan y se acercan más y más y golpean con el vidrio. Unos párpados cansados que ceden lentamente y se cierran aplastando las lágrimas.
Volvió entonces a la cama. Ya era tiempo de volver a soñar un poco y de levantarse agitada y abrir la ventana para respirar de nuevo. Camila se sentó un rato a pensar y decidió ir a la cocina porque hacía mucho que no iba. Sacó una tarta vieja de la heladera, miró el horno y la calentó al fin en el microondas (siempre comía viendo la televisión). La propaganda llegó justo cuando terminaba su último bocado así que aprovechó ese tiempo para ir al baño. Antes de sentarse en el inodoro sabia que iba a mirarse un ratito al espejo. Estaba bastante bien. Salvo un poco el maquillaje que enseguida empezaba a corregir con sus dedos de seda recorriendo la mejilla. Las pestañas se veían bien, al igual que las cejas. Ya podía sentarse y orinar tranquila. Mientras tanto aprovechó para recortarse un poco las uñas y mirarlas (cuando terminó se levantó y se lavó las manos). Alzó un segundo la cabeza sabiendo que tal vez sería algo más que un segundo. Se vio fea, se acomodó el pelo y se vio aun más fea, corrió el maquillaje y se convirtió en un monstruo. Empezó a sentirse sucia y así no podía presentarse en su fiesta de egresados. Entonces abrió urgente la ducha y fue a continuar viendo su programa hasta que saliera el agua caliente. Ya había terminado, pero era lo mismo, había otro.
Una vez en la ducha se sintió mejor. El fuerte chorro le acariciaba los hombros, la sonrisa, la carcajada llena de gotas de alegría, escupía, cantaba, estrujaba la esponja. En medio del silencio tormentoso del baño sonó el teléfono. Y siguió sonando como en un cuarto vacío. Al fin limpia corrió la cortina y salió apresurada con los ojos cerrados para evitar el espejo. Ahora un ratito de tele antes de ir a dormir, estaba muy cansada.
Camila se despertó de un brinco, agitada. Escuchaba voces que venían de afuera del cuarto que la nombraban. Era su madre que la llamaba para el almuerzo, aduciendo que ya estaba toda la familia reunida, que la comida se enfriaba, que siempre lo mismo. De todos modos ya era hora de levantarse, había dormido suficientes horas. Hoy era el día. Bajó las escaleras de madera amarrándose fuerte de la baranda mientras pensaba que tal vez en la noche conocería a algún chico. También pensaba en si el vestido rojo que había elegido para el casamiento no era demasiado vistoso y si podía opacar el de la novia. Pensó en ello hasta que se metió un bocado de pollo con arroz.
Entre la niebla estaba el resto de la familia, almorzando. Igualmente ella les podía hablar, pedirles la sal, reírse de los chistes, servirse más comida. Cuando pudo escapó. Escuchó los mensajes del contestador, pero no había, abrió su correo electrónico y tampoco había respuestas. Quizás en media hora.
Mientras arrastraba sus pies por la alfombra que la llevaba a su cuarto, buscó sigilosamente su reflejo en la ventana. Necesitaba ir al baño. A pesar de todo entraba bien predispuesta, sabiendo que sólo iba a mirarse un rato al espejo, que iba a acercarse y a descubrir sus ojos huecos mirando unos ojos tristes, que iba a inventarse nuevas arrugas en la frente y canas en el pelo. Pero ya era la hora, nada tenía solución, salvo secarse las lágrimas y rezar. Ya se sentía mejor.
Bajó las escaleras de madera paso por paso hasta el último crujido, agarrándose de la baranda. Del techo caía la luz dicroica sobre Camila. Ella caminó hasta la puerta de entrada, agarró su bastón y metió las llaves en la cerradura. Hacía mucho calor y el aire era pesado. Giró sus dedos de crema y una gota de sangre comenzó a caerle por la mano. La puerta se abrió y Camila salió a comprar el pan una tarde de sol de primavera.

Federiquito

A veces soy un poco desobediente, es verdad. No se si tanto como para merecer el infierno, pero sí, tengo que cambiar... es que mi corazoncito necesita limpiar todas esas manchas feas, siempre lo dice papá. Por eso nunca sonríe mi muñeco ninja, por eso los autitos de carrera se esconden en el armario, por eso. Es así.
¿Pero por qué afuera todos patean una pelota? ¿Por qué Gladis usa delantal, por qué la llaman con una campanita, por qué dice “el señor” si el Señor está en el cielo... Bueno, no importa, ustedes tienen razón, no merezco todo lo que tengo, en serio, perdón. Ni siquiera merezco este plato de comida, este plato que ya no lo quiero mirar más porque quiero alzar la cabeza.
Voy a pedir permiso y, despacito, me voy a levantar. Me voy al cuarto, sin postre, lo sé, pero me llevo la campanita. Y todos van a darse vuelta cuando rompa el vidrio con esta puta campana.